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LOS JUEVES DE CORPUS CHRISTI.

Cuando, salvo Obispos, Cardenales y mujeres,  nadie cubría su cabeza en los Templos Católicos.

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Por: Moises Pineda Salazar -Colaborador-. Estoy sentado en la mesa que suelo ocupar durante cuatro horas todos los días en los que visito La Habana con el fin de  pensar, ver el discurrir  de esta Ciudad, aquí, detrás del Museo de Arte, en "El Castillo  de Farnés", y escribir. He preguntado a ocho cubanos: " ajá ¿y cómo estuvieron las Fiestas del Corpus Christi?

Sus respuestas, por ser tan parecidas a las que me dieron este jueves pasado en Barranquilla, me llevan a escribir esta crónica que, sabrá La imagen puede contener: 1 persona

Dios si será publicada, o no. Debo confesar que pasaron muchos años antes de poder entender la Fiesta del Corpus más allá de su contenido estrictamente teológico y así resolver  las aparentes redundancias entre las conmemoraciones del Jueves Santo y estas que corresponden al Octavo después de aquel de los Monumentos. Debía tener de diez a once años cuando enfundado en una sotana roja y sobrepellíz blanco, confeccionados por mi madre para la ocasión, portaba uno de los ciriales que escoltaban la Cruz Alta llevada por el mayor de los monaguillos, otro pelagatos de apellido Villarreal a quien apodábamos "El Ronco" y que ostentaba aquella dignidad  porque así lo había dispuesto, por sí y ante sí, el cura Emmanuel De Alba Orozco movido por razones de paisanaje y de parentesco con aquella familia también,  como él, oriunda de Soledad. El sol esplendía y bañaba de luz las polvorientas calles del Barrio Nueva Granada al que servía de matriz religiosa y de presencia tutelar, el Templo dedicado a Nuestra Señora De La Merced. Era una  construcción sin ostentación, una "mediagua" con dos puertas laterales, la frentera y tantas ventanas domésticas cuántas son las estaciones de la Víacrucis, que había edificado el Padre y Monseñor Pedro María Revollo que, dicho sea de paso, nunca fue obispo como lo afirma algún historiador en sus trabajos sobre la violencia política en el Departamento de Bolívar, a cuya arquidiócesis estaba por entonces incardinado el fogoso "cura soldado", quien para cuando asumió la tarea de dotar al  Nueva Granada de  un lugar para el culto, ya peinaba canas. Y, valga la pena decirlo, él siempre tuvo ganas de ser consagrado obispo pero no se pudo  porque sus veleidades políticas ancladas en La República  Católica de finales del Siglo XIX, resultaban extremas y tardías en una sociedad que despertaba a la modernidad y porque sus nexos con el atentado de Barroscolorados en contra del Presidente Rafael Reyes, nunca le fueron absueltos por el Partido Conservador, el de La Iglesia.

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A diferencia de las intenciones que motivaban a su maestro y mentor, el modernizante Monseñor Carlos Valiente, que bien pudo ser Obispo de Barranquilla pero que renunció a ello por razones de humildad, las de Revollo eran fundamentalmente combativas. Con la presencia tutelar del templo y la de un párroco, buscaba enfrentar el proceso de lumpenización que desde veinte años atrás venía avanzando lentamente cuando el funcionamiento de coreográficos, casas de citas,  lupanares, burdeles y cantinas y las actividades de proxenetismo que desplegaban madamas extranjeras bajo la protección de políticos poderosos- la mayoría conservadores- habían  formado una especie de "cordón de vicio y de pecado" alrededor del Nueva Granada. Aquel día, el evento procesional matutino revestía los atributos de un suceso  festivo en el que no faltaban las nubes de incienso, los cantos religiosos que invocaban la llegada del "Nuevo Orden", ya que "  reinaras, pues Tú dijiste: Reinaré" y los motetes latinos del "Pange Lingua, Gloriosi. Corporis misterium" , entonados por la bien timbrada y afinada voz del Padre de Alba. Los cantos alternaban con los rezos y las jaculatorias lideradas por Gloria y Olga, ya por entonces solteronas, que presidían a Las Hijas de María secundadas por Doña Pastora y su esposo Don Juan  Sabalza quienes desde su casa situada a un costado del templo,  proveían por el sostenimiento del párroco. Cantos y rezos eran  sofocados por la música de una banda papayera y el repicar "a rebato" de las dos modestas campanas con las que estaba dotada la edificación, una de las cuales era un viejo y boquineto caldero de hierro colado. Como lo mandan la urbanidad y las normas protocolarias que expresan el respeto que merece el culto religioso católico, Don Juan Sabalza se había quitado su proverbial sombrero Barbisio con el que cubría su calva y sus canas, al igual que los  otros cinco caballeros de la Orden del Santísimo, todos vestidos de estricto saco y corbata como se corresponde por estatutos en tal privilegiada circunstancia y condición.

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Ellos portaban sendos parales que sostenían la techumbre  de raso blanco, bordada primorosamente con hilos dorados de la que colgaba una cenefa no menos lujosa y profusa en temas y simbolismos  sagrados.  Al conjunto de techo, colgajos  y palos lo llaman El Palio bajo el cual ensotanado, ataviado con alba, cingulo, estola, capa pluvial y velo humeral, envuelto en vapores de colonia alemana importada, desprovisto de su habitual cigarrillo "Nacional", iba el Padre de Alba llevando la Sagrada Forma expuesta en una lujosa Custodia Dorada que una prestante  familia católica de la Iglesia de La Inmaculada, le había obsequiado a Monseñor Revollo para dotar El Culto Eucarístico en aquel barrio popular acechado por los demonios de la carne. Para los días de este relato, Revollo ya era un inhábil anciano, de arrugas y espejuelos, que presidía el acontecer diario de la Comunidad desde una fotografía colgada en una de las paredes del Despacho Parroquial. Como nunca renunció a la pretensión de ser recordado como titular de una condición que jamás tuvo, en ella y bajo la autoría de la afamado Estudio de  Foto Leo, el anciano cura aparecía sentado, como abandonado en el sillón que lo contenía, ataviado con sotana  y banda negra, sobrepelliz blanco y bonete según la regla ceremonial, portando un bastón con empuñadura de plata y enchapado en carey a falta del báculo ceremonial. Terminada que era la procesión que seguía a la Celebración Litúrgica según el Ordo, se procedió a la bendición con El Santísimo,  terminada la cual los Caballeros de la Orden correspondiente ofrecieron  un Almuerzo a sus miembros y a sus dignísimas esposas, todas de blanco y mantilla, en tanto que el resto de las congregaciones parroquiales se aprestaban para participar en la Procesión  que, con no menos pompa, se efectuaría en horario vespertino en el Estadio Municipal bajo la batuta del Capellán del Colegio Biffi, el Padre Vélez. Este renacentista Maestro de Ceremonias, elaboraba el Libreto y una semana antes, dirigía el ensayo general de aquella sobrecogedora puesta en escena destinada a las delegaciones de todas las parroquias de la ciudad y de los Municipios circunvecinos que, por decenas de millares llenarían las gradas, entonces vacías. Todo debía ejecutarse a la perfección. Ni siquiera el Obispo se resistía a su autoridad y era el primero en cumplir con esmero las instrucciones de aquel director escénico. La procesión empezaba con la Cruz Alta llevada por un Diácono de estola y dalmática que era  flanqueado por los  Presidentes del Concejo y de la Asamblea Departamental, quienes hacían las veces de portaciriales.La imagen puede contener: interior

 Cuatro clérigos de órdenes menores de apellidos Gómez, Tamayo, Blanco y Alzate, batían sendos  turíbulos que esparcían una densa nube de incienso que se extendía por todo lo alto y ancho del recinto deportivo convocando  a la reflexión y al recogimiento arrobado. Sobre la pista de atletismo, el Obispo de Barranquilla, revestido con los arreos de un Príncipe Medieval, llevaba la riquísima custodia con el Santísimo Sacramento del Altar bajo El Palio sostenido  por el Gobernador del Departamento, el Alcalde de la Ciudad, los Presidentes de los Tribunales de Justicia y por los Comandantes del Ejército y de la Policía quienes, de esta manera y por Ley Concordataria, hacían profesión pública de sus creencias a tono con la Constitución Confesional del País de aquellos días. A lado y lado, y atrás, centenares de monjas, frailes y curas seculares o de orden, conformaban una especie de brigada de protección a la Sagrada Forma que, por sus dimensiones, ahora  llaman "Hostión". Un vocablo que al ser muda la ache, puede invocar cosa distinta en esta laica "sociedad posmoderna" y de las "posverdades". Detrás, del batallón de sotanas, hábitos, velos y cofias, presididas por su correspondiente estandarte, desfilaban las Damas de la Acción Católica a la que solo podían pertenecer las más encumbradas señoras de la Sociedad Barranquillera, previa anuencia de su confesor y líder espiritual, el Padre Marcos Díaz, de feliz memoria.

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Luego  de  ellas caminaban, rezando y cantando, identificadas por sus estandartes, las demás organizaciones masculinas y femeninas de la Diócesis según su antigüedad,  siendo flanqueadas por los estudiantes de la Base Naval de Barranquilla. Cerraban  el desfile los estudiantes de sexto año de bachillerato de los colegios católicos, masculinos y femeninos, los practicantes de las Escuela Normales y las bandas de música de las fuerzas militares que acompañaban los contingentes del ejército, y de la policía de a pie y de a caballo. Desde los micrófonos instalados para el  efecto, el Padre Jorge Pérez Gómez, Tesorero del Junior y el más fanático entre los fanáticos del equipo de fútbol que tenía en las canchas del Seminario San Luís Beltran su Sede Deportiva, hacía reflexiones pías.  Era extraño verlo en ese papel, de sotana y roquete, diciendo cosas distintas a los insultos e invectivas que profería en ese mismo escenario los domingos por la tarde y que, en un partido entre El Junior y  el Cúcuta Deportivo arbitrado por El Chato Velásquez, estuvieron a punto de convertir aquel evento en una tragedia. El Coro del Country Club, dirigido por el Maestro Carbonell, hacía las veces de cortinilla para sus admoniciones. Aquellas manifestaciones se daban, a pesar de que en Barranquilla no había plata para comprar comida por la crisis económica de esos años, a pesar de las dictaduras  y de los desaguisados políticos y militares del Cura Revollo; a pesar de las metidas de pata del Cura Pérez Gómez, a pesar de todo, la Ciudad se mostraba como una sola aquellas tardes de Jueves de Corpus Christi en "El Municipal" en las que todos, exceptuando Obispos, Cardenales y  mujeres, nos descubríamos la cabeza en los templos y en las ceremonias Católicas.No hay descripción de la foto disponible.

 ¡Ah tardes aquellas! ¡Oh jornadas vespertinas en las que, desde las tribunas del Municipal, la Comunidad Católica observaba embelesada el despliegue de poder y de unidad escenificado por una Sociedad que encontraba en lo Eucarístico un símbolo que la congregaba, que la unificaba, más allá de las diferencias de toda clase, naturaleza, interés y tipo! ¡Ah días en los que el Jueves de Corpus era Jueves y no Sábado, ni lunes de asueto! Laus Deo.